Perfil / Bob Wilson: Tomarse el tiempo

¿De dónde viene esa lentitud tan característica en las obras de Bob Wilson? ¿Los dispositivos escénicos llenos de silencio, larga duración y precisión impoluta? ¿Pudo tener que ver la tartamudez que lo afectó cuando niño y que superó con los años? Aquí, un breve perfil de este famoso director norteamericano que vuelve a Chile.

Por Daniela González A. / Publicado en Revista Lab Escénico 2018


Bob Wilson golpeó la puerta de su amiga Katharina Otto-Bernstein. Había quedado de llegar a su casa a las ocho de la tarde, pero llegó a las 10 de la noche:

Hola. Tengo hambre—, le dijo.

Katharina le preparó un omelette y le sirvió un vodka. Wilson lo necesitaba, seguro, porque esa noche de 2006 iba a abrir su corazón como nunca antes frente a una cámara de video.

***

Cuando era un niño pequeño, aprender a hablar fue para Bob Wilson un camino lento y difícil. Se demoró en hacerlo y, cuando lo logró, desarrolló una tartamudez severa y tuvo problemas para entender el contexto o, más bien, para descifrar el significado del contenido. Sus padres él, una figura imponente y con un cargo público en la ciudad; ella, una madre tremendamente distante recorrieron todo Waco, Texas, pero ningún especialista supo dar con el diagnóstico. Porque lo que Wilson en realidad tenía era un retraso en el procesamiento auditivo; trastorno que hoy se conoce, pero del que en los años 50 no se sabía. Tartamudo y también con problemas de habilidades motoras, a Bob le costaba, por ejemplo, el simple hecho de agarrar una pelota. Su primer tiempo en el colegio fue doloroso y tuvo un solo gran amigo: un chico negro, hijo de una señora que trabajaba en su casa, en plena época del Ku Kux Klan, cuando pasear junto a él por la calle podía dar pie a la discriminación más brutal. 

 

Mucho de eso lo contó Bob Wilson aquella noche, frente al lente de la cámara de su amiga Katharina. Tenía en ese entonces unos 65 años y una carrera brillante considerado uno de los directores teatrales de avant garde más importantes del mundo pero casi nunca hablaba de su vida más personal. Con Katharina fue distinto: se habían hecho amigos hace un tiempo y ella llevaba cuatro años siguiendo su trabajo en Europa y Estados Unidos, con cámara en mano, para grabar el documental Absolut Wilson, en el que no solo el mismo Wilson terminó develándose, sino también habló su hermana y varias figuras trascendentales en la cultura y música norteamericanas que han trabajado con él, como Susan Sontag, Tom Waits, Lou Reed, David Bryne o Phill Glass, con quien creó la célebre ópera Einsten on the Beach.

Katharina Otto-Bernstein no había conseguido que él realmente se abriera sobre su niñez hasta aquella noche del vodka. Para ella era importante, pues creía que esa infancia explicaba finalmente su trabajo: “Siempre hay un hijo, siempre la persona marginal, la figura paterna fuerte, la figura materna silenciosa. Ya sea en Woyzeck o Deafman Glance, siempre está volviendo a contar la misma historia. Comprendes que hay algún tipo de conflicto dentro de sí mismo que necesita expresar a través de su trabajo y disolver ese nudo interno”, dijo la cineasta en The New York Times por aquel tiempo, tras estrenar su documental que fue aplaudido por el mismo periódico neoyorkino.

Efectivamente, la difícil niñez de Bob y la superación de esas dificultades terminaron transformándolo todo. Conocida es la historia de que fue la profesora de ballet de su hermana, una mujer llamada Byrd Hoffmann, quien lo ayudó a superar su tartamudez y probablemente sin quererlo terminó influyendo para siempre en su trabajo. Por algo Bob Wilson fundó una escuela que lleva su nombre: The Byrd Hoffman Water Mill Foundation. Ella fue quien logró reconocer qué era lo que estaba mal en Wilson y comenzó a trabajar con él. “Sus ejercicios consistieron en ralentizarlo todo ralentizar el habla, entonces él pudo comprender; ralentizar el movimiento, entonces él pudo agarrar la pelota y al desacelerar, de repente todas las piezas del rompecabezas cayeron en su lugar y él logró superar sus retrasos con el paso de los años”, cuenta Katharina desde NY, para esta revista. 

No es casualidad que sus primeras piezas en el teatro se llamaran Óperas silenciosas y que duraran de 7 a 12 horas, en las que donde los actores se movían a un ritmo glacial, añade Otto-Berstein. Una lentitud que cruza todo su trabajo y que tiene que ver, finalmente, con lo que Wilson aprendió de niño y propone en su teatro: darse todo el tiempo que sea necesario para observar y escuchar. La ralentización se constituye, así, en otro modo de llegar a la verdad. Otro modo de lograrlo. 

Sus primeros trabajos también fueron muy influenciados por niños que sufrían de desórdenes similares: Raymond Andrews, un adolescente sordomudo, que protagonizó su obra Deadman´s Glance, o Christopher Knowles, un niño autista con quien 

con quien trabaja hasta hoy, que transformó el lenguaje en un código, como cuenta Katharina Otto-Berstein: un código repetitivo que convertiría en imágenes, es decir, creó imágenes a partir de letras. Él sería su inspiración para varias obras, incluida KA MOUNTAIN AND GUARDenia TERRACE, A Letter to Queen Victoria y Einstein on the Beach, la famosa ópera que Wilson creó junto a Phill Glass en 1976.

“Bob siempre ha abrazado sus diferencias de aprendizaje y las discapacidades de los demás en su trabajo. Él vio la belleza en personas que eran diferentes y eso ha ayudado a definir el carácter único de su teatro. Al verlo hoy, cuando los medios convencionales y la televisión han comenzado a presentar personajes autistas en sus shows, Bob estuvo 40 años adelantado a su tiempo. Creo que es por eso que su estética sigue fascinando: él es siempre moderno, y no hay nadie más en el teatro que piense como él”, concluye Katharina.

RECUADRO

Dos fanáticos hablan de Wilson

Víctor Carrasco, director:

La primera vez que vi La enfermedad de la muerte en en Berlín a comienzos de los 90 me impresionó tanto que me la repetí 10 veces. Fue tan impresionante el golpe de visualidad teatral que experimenté, que hizo pensar que estaba viendo a un revolucionario del teatro, capaz de llevar la imagen a un rango superior. Nunca vi fallar nada. Los actores se movían y decían sus textos en un curioso estado de trance, todo sucedía en un atmósfera extraña. De ahí en adelante cada que vez que viajo reviso con anticipación la página del señor Wilson y compro las entradas para no perderme ninguna de sus puestas en escena; he visto varias. Wilson como ningún otro director me hace sentir algo de la magia que alguna vez experimenté al ser por primera vez espectador; me lleva a un lugar perdido de mi infancia por medio de sofisticados códigos. Su estética es lo más parecido a la idea de perfección que he visto en un escenario”.

Jaques de la Brioche, crítico teatral:

“Cuando Bob Wilson vino a Chile en 2011 dio una clase magistral que comenzó con una pregunta del presentador. Para contestar, se puso de pie y estuvo callado cinco minutos, mientras algunos asistentes reían, nerviosos. Esa ‘performance’ ejemplifica el cambio concreto que instala Wilson en el modo de percibir el entorno. Primero, por su reticencia con la palabra: el texto no es el elemento esencial en su teatro y él tampoco ha desarrollado una poética escrita como otros directores, porque no le gusta definir el significado de su obra. Cuando da entrevistas usualmente repite las mismas ideas y el análisis más profundo de su trabajo viene de terceras personas ajenas a su círculo cercano. Por otro lado, aquel silencio se explica por el quiebre de las expectativas que Wilson busca constantemente desarmar en el espectador”.

MÁS

La última cinta de Krapp

Bob Wilson ha sido considerado como un sucesor del dramaturgo irlandés Samuel Beckett, uno de los artistas fundamentales del siglo XX y Premio Nobel de Literatura. En enero próximo precisamente presentará una obra escrita por él: Krapp’s Last Tape, que cuenta la historia de un hombre viejo y solitario que escucha cintas antiguas con su voz y le resulta difícil reconocerse. En el montaje Wilson no sólo dirige y diseña, sino que interpreta magistralmente al protagonista de este melancólico unipersonal. “A diferencia de otras versiones realistas, la visualidad de la propuesta de Wilson es tan impactante como la historia del gran amor que no fue, y apunta a todos los sentidos del espectador”, dice la crítica teatral Marietta Santi. 11, 12 y 13 de enero, a las 20:30 hrs, en el Teatro Municipal de Santiago (Agustinas 794). 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s